• Autora: Davinia Lacht
  • Categoría: Psicología

Vivir sin esperar

Esperar es una actitud. Es el rechazo al momento presente. Es tener la mente en un momento futuro que todavía no es y cuya manifestación, en la mayoría de los casos, no depende de nosotros. Es rechazar lo que ya es a cambio de una expectativa, lo cual puede generarnos inquietud y ansiedad si no llega antes de que se agoten los estímulos mentales que nos mantienen entretenidos.

Sabemos que la felicidad genuina no depende de factores externos, sino que reside en experimentar nuestra esencia, ese silencio interior perfecto que vivimos cuando aquietamos la mente.

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Si esto es así, ¿no estamos alejándonos de esa perfección cuando esperamos, cuando estamos en un determinado momento con la expectativa de que llegue el momento siguiente, sin disfrutar de lo que ya es?

Solemos hablar de la meditación como algo que practicamos en un momento concreto durante un período limitado de tiempo. Sin embargo, la magia de la práctica reside en ir impregnando todos los momentos de nuestro día con espacios atemporales ausentes de pensamiento.

¿Y si convertimos esas situaciones de espera ajena a nuestra voluntad en pequeñas prácticas meditativas? ¿Y si, en lugar de esperar, nos limitamos a ser, a estar en ese momento sin expectativas de futuro?

Por ejemplo, cuando estamos en la cola del supermercado. La opción habitual sería esperar a que la cosa acabe lo antes posible, a ver si avanzan rapidito mientras vamos apretujando nuestros productos en la cinta lo antes posible como intento de acelerar el proceso. Qué cosas, ¿eh? Y como una cajera hable mucho o sea muy lenta, seguro que se nos escapa algún resoplido. Pero hay otra opción y, como siempre, todo depende de la perspectiva desde la que decidas ver cada momento.

La otra opción es estar 100 % presentes en ese momento, como si esa cola fuera un acto perfecto y completo en sí mismo. Puedes probar a observar la cola, observar el ajetreo de tu alrededor, escuchar detenidamente los sonidos. Todo ello sin poner etiquetas ni definirlos como buenos ni malos, simplemente observando desde tu silencio interior.

Otra posible práctica sería prestar mucha atención a ese silencio que alberga todo ruido. Igual que necesitas espacio para poder poner los muebles de una habitación, necesitas espacio acústico, silencio, para que puedan existir los ruidos. Céntrate en ese silencio entre tanto ruido que te permitirá conectar con el silencio mental que acoge a tanto pensamiento.

Acepta cada momento tal y como es. ¿Por qué no hacer la prueba?

Con mucho amor,

Davinia Lacht. www.davinialacht.com

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